Bar Los Galgos – Buenos Aires

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Bar Los Galgos. Por Café Montevideo.

Era un caluroso mediodía a finales de diciembre. El sol caía vertical sobre la avenida Callao, sin quedar nada fuera de su abrasador alcance. El tránsito incesante; autos con prisa, camiones descargando mercadería, peatones aglomerados esperando su turno en el semáforo. La ciudad vivía a pleno el primer día de la semana. Hice unas compras esa mañana, aprovechando el tiempo que demoraba la habitación del hostel. Ya regresando, en dirección a Santa Fé, me encuentro en la esquina de Lavalle con este típico bar porteño: Los Galgos. Inadvertido para la multitud, que impone su ritmo de vértigo en las aceras, era para mí la pausa y el café que el viaje me venía postergando.

Entrar allí es trasladarse en el tiempo. Corría el año 1930 cuando este bar abría sus puertas en aquella -también bulliciosa- Buenos Aires. Su primer dueño, aficionado a la caza con perros galgos, eligió el nombre que en 1940 la familia Ramos decidió conservar. Pasaron por allí mitos del tango como Enrique Cadícamo y Enrique Santos Discépolo.

Tomé una de las mesas centrales, respiré y me quedé unos instantes deambulando con la mirada, sin saber por dónde empezar. -¿Qué va a pedir?- interrumpió el mozo, entrado en canas, de rostro adusto y camisa blanca. -¿Tiene la carta?-, salí del apuro.

El salón es amplio, con un sector de cafetería y otro de restaurante. Las mesas son pequeñas aunque en buen número. Algunas están enchapadas en cármica y otras cubiertas con manteles de tela. Las sillas alrededor esperan servir a los próximos clientes. Dan a la calle tres puertas de vaivén con marco de madera y grandes vidrios. También dos ventanales, con añosas cortinas en su mitad superior.

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Los tuboluces en el techo oscuro alumbran con palidez, como si de una hora perdida en la madrugada se tratara. Contrastan el lambríz y los espejos en las cálidas paredes. Sobre ellos lucen pinturas con paisajes gauchescos, fotografías antiguas del lugar y recortes de diarios viejos. Recostado en un costado, con forma de “L”, el viejo mostrador. En su espinazo yacen una antigua máquina de cortar fiambre, otra para expresos, una vitrina con alfajores y sándwiches, un recipiente de medialunas y un grifo de bronce con forma de cisne. En la pared de atrás se encuentra la hermosa vitrina de madera y espejos, con bebidas espirituosas de todos las variedades, marcas y añejamientos. Entremezclados en ese marco, un horno de metal para preparar tostados, una vitrina con copas, dos perros galgos de porcelana y un firulete porteño en conmemoración del 75 aniversario.

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Llegaron el capuchino y las dos medialunas en compañía de un vaso de agua; servidos con la vajilla propia de los bares de otra época. En un rincón se exhibe una caja registradora de metal, ya obsoleta. A su lado un teléfono monedero azul, más moderno, con un tajante letrero: “No Funciona”. En una repisa la radio de madera parece tener igual suerte. En cambio la balanza de aguja detrás del mostrador sobresale con plena vigencia. A lo lejos y en lo alto un ventilador de metal, destinado a colaborar en los meses de verano con los ventiladores de techo. Para el invierno, paneles de calefacción a gas ubicados en la columna del medio.

Bar Los Galgos interior
La concurrencia a esa hora es todavía escasa. Un hombre mayor leyendo el periódico; otro de camisa y corbata, en el descanso de su trabajo seguramente; dos señoras conversando contra la ventana; un señor observando la gente pasar en la vía pública. Cada uno en su café, en su pensamiento y en su lento transcurrir, antes de retomar la vorágine del día. Se escucha el intenso movimiento de la avenida, el sonido de bandejas y platillos en el mostrador, algún pedido de tanto en tanto y conversaciones entreveradas que por momentos logran imponerse con exclusividad.

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“Por ordenanza municipal no se aceptan devoluciones de masas y sándwiches”, “El baño es exclusivo de los clientes”, “Sr. Consumidor: Ley 1799 Libro de quejas a su disposición. No se acepta moneda extranjera ni tarjetas de crédito, o débito ni tickets… Ante la ausencia de cambio usted tiene derecho a que la diferencia se redondee a su favor” rezan algunos carteles, escritos en puño y letra.

Llamo al mozo para arreglar la cuenta. Ha llegado el momento de emprender retirada. Desearía poder guardar en estas líneas esas reliquias, sonidos y aromas; ese auténtico fragmento de la vida urbana.

Ver también: Confiterías de Buenos Aires: Confitería Ideal

Fotografías por Café Montevideo. La fotografía 4 pertenece a Secretos de Buenos Aires y no corresponde al relato. Texto por Martín Balao para Café Montevideo.

6 Respuestas a “Bar Los Galgos – Buenos Aires”

  1. SATIRO VIRGEN el Mar 11, 2010

    UF!! que buen reporte, gracias, he pasado tantas veces por ahí, pero como a tantos porteños la cosas pasan frente a nuestras narices y no nos damos cuenta, después pute… cuando el diablo se lleva el ALMA (Café La Paz)de estos lugares.
    Hermano me han dado ganas de un corto y una de grasa pero son las 4.20 AM y se me complica.
    Abrazo
    Sátiro Virgen

  2. Ni que hablar de los sandwiches, hay de lo que uno se pueda imaginar, pero yo elijo el de crudo y queso y el de cantimpalo y queso, acompañados por moscato servido en “faroles”; un lugar hermoso y donde el tiempo parece detenerse.

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