Tango, tan porteño y tan oriental

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En cualquier parte del mundo el tango está asociado a Buenos Aires. Solo aquellos que se adentren más en el género sabrán que Montevideo tiene la misma identificación. Esto es razonable considerando el gran tamaño de la capital argentina, su poderío económico y explotación turística como Capital del tango.

El fragmento a continuación está dedicado a reivindicar el origen compartido del tango, tan porteño y tan oriental.

(…) musicólogos, antropólogos culturales, “tangólogos” en serio, han coincidido en las últimas décadas en filiar el origen del ritmo del dos por cuatro, de manera igualitaria a los arrabales de ambas márgenes del “río marrón”. Concretamente: a los prostíbulos y boliches orilleros, donde se mezclaban el paisano recién llegado del interior con el tano y el gallego que habían arribado al puerto poco antes, abrazándose a polacas, francesas y rusas que ejercían en el suburbio de las ciudades platenses el oficio más viejo del mundo.

Los estudiosos más signficativos de los años recientes dan por cierto que si bien el tango se propagó de manera inusitada en Buenos Aires, fue en Montevideo que dio su primer vagido ese ritmo peculiar, hijo de la milonga y la habanera, fecundado por el sensual “tan-gó” de los afro-uruguayos.

Hoy por hoy, las raíces africanas del tango no son negadas por ningún estudioso serio del tema. Y tampoco que en esa influencia fuera decisiva la música de los negros montevideanos que por 1830 iban a bailar “tan-gó” extramuros, por detrás del Cubo del Sur.

Si no fuera por la negritud que lo vitaliza, al tango le faltaría el ingrediente rítmico, el magnetismo que lo torna mágico y vibrante, y le sobraría demasiada melancolía.

UN RITMO DE DOS ORILLAS

Cuando se escribe o habla de tango por el ancho del mundo, se lo asocia casi siempre en exclusividad a Buenos Aires. Esto es explicable, en la medida que en aquella grande y compleja urbe porteña de los años veinte (…) democratizada por el yrigoyenismo, el nuevo ritmo encontraría su escenario más fecundo en los cabaret y los cafés con palco, y su cantor por excelencia en Carlos Gardel.

(…) El lenguaje, los personajes, la dramaturgia del tango, no serían lo que son de no haberse decantado en esa proteica ciudad del estuario del Plata.

Pero Montevideo ha aportado lo suyo, y mucho, al tango, como lo ha probado por ejemplo -con datos suficientes- Juan Carlos Legido en su libro La orilla oriental del tango.

Basta recordar a Gerardo Matos Rodríguez y “La Cumparsita”, a Roberto Fugazot y su “Barrio Reo” (dedicado al montevideano barrio Reus al Norte), a Pitín Castellanos y “La Puñalada”, a Romeo Gavioli realizando con su orquesta una verdadera “fusión” de tango y candombe, al maestro Donato Raciatti llenando de música típica el Montevideo de los años cincuenta. Al gran café Ateneo y al Tupí-Nambá de 18 de Julio, con sus palcos donde diariamente se oían tangos. Y son bien montevideanos los tangos de Víctor Soliño, de Juan Carlos Patrón, de Alberto Mastra.

En definitiva, como en un tango que canta el Ciruja Montero, las dos orillas, las dos ciudades, están hermanadas por iguales aires musicales y por historias comunes, costumbres y formas de vida. Y el tango es tan hijo de Buenos Aires como de Montevideo. Y ambas ciudades fueron madres fecundas y amorosas para el ritmo que las identifica.

Montevideo La Ciudad Secreta (Alejandro Michelena, Ed. Caballo Perdido)

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